Desde 2018 dirige el Instituto de Investigaciones Marinas. ¿Cómo lo presentaría al público general y qué destacaría de su trayectoria?

Tras casi 70 años de andadura, el IIM ha pasado por varias etapas en las que ha crecido en potencial humano y en diversidad de líneas de investigación. Desde sus inicios, en 1951, en los que el foco era la investigación pesquera, hasta la actualidad, con una aproximación multidisciplinar y una visión holística de la investigación marina, así como con una apuesta clara por la ciencia del desarrollo sostenible con la que se pretende dar respuesta a los desafíos globales y a las preocupaciones locales relacionadas con el medio marino a través de diferentes líneas de investigación. A todo ello se une que, tras el importante crecimiento experimentado en las dos últimas décadas, nuestra sede, en Bouzas, se ha quedado pequeña y obsoleta y esperamos trasladarnos en tres años a la nueva sede en el Campus Científico-Tecnológico del Mar en el barrio de Teis, también en Vigo.

¿Cómo se estructuran las líneas de investigación del IIM y cuáles son sus objetivos?

A lo largo de tres ejes fundamentales de investigación con sus correspondientes fines. Por una parte, sistemas oceánicos y costeros, para conocer la relación entre los océanos y el clima, y fundamentar acciones urgentes para combatir el cambio climático y otros impactos del ser humano en el medio. Por otra parte, vida y ecosistemas marinos, para investigar los mecanismos que permiten el uso sostenible de los océanos, mares y recursos marinos, especialmente en el ámbito de la pesca, la acuicultura y la conservación de la biodiversidad. Y, por último, sistemas y procesos biológicos, para generar conocimiento que garantice la seguridad alimentaria, y mejore la nutrición, la salud y el bienestar humano; incluyendo el desarrollo de bioproductos de base tecnológica.

¿Qué hace diferente, singular, al IIM con relación a otros institutos y centros de investigación, del CSIC y de otros agentes del sistema de I+D+i?

La amplia multidisciplinaridad del IIM no se encuentra en otras instituciones. Así, por ejemplo, ningún centro de investigación marina del CSIC o del Instituto Español de Oceanografía poseen líneas de investigación en tecnología de los alimentos, mientras que aquellos centros que trabajan en tecnología de los alimentos no lo hacen en oceanografía o recursos marinos. Sin duda alguna, las universidades son por naturaleza multidisciplinares, pero su enfoque no es temático, como el caso del IIM, que se centra en la investigación marina; además su papel primordial es la docencia, junto a la investigación, mientras que el nuestro es fundamentalmente la investigación. A todo ello se une que poseemos una visión integrada, ecosistémica, transdisciplinar que contribuye a mejorar el ámbito de la gobernanza para el conjunto de los usos del ecosistema marino a lo largo de toda su cadena de valor y que ayuda a preservar y fortalecer la resiliencia del ecosistema y sus usuarios. Es esa aproximación multidisciplinar la que nos permite abordar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU con mayores garantías de obtener respuestas adecuadas a estos retos globales.

¿Qué papel otorgan a la transferencia?

La consideramos un pilar esencial e inherente a la propia investigación que realizamos. Nuestra labor es la investigación integral del medio marino y transferimos el conocimiento generado tanto al tejido industrial, fomentando así la economía azul, como a la sociedad en general, incentivando el cultivo de la cultura oceánica. Nuestro marcado carácter multidisciplinar contribuye a que tengamos un impacto sobre diferentes sectores económicos e industriales. La pesca, la acuicultura, la biotecnología o la optimización de procesos industriales, principalmente ligados al procesado y a la conservación de alimentos, son campos en los que el instituto lleva trabajando durante décadas; pero también existen sectores, relacionados con la salud animal y humana, así como en la monitorización del medio marino o la predicción de riesgos ambientales, con los que el IIM colabora de forma activa. Los datos que confirman todo ello son los siguientes: sólo el año pasado estuvimos involucrados en 85 proyectos de investigación, muchos de ellos con socios industriales, sin contar con los 30 contratos de I+D+i constituidos con empresas en diferentes sectores y una reciente ampliación de nuestro catálogo de servicios científico-técnicos que suma ya 14 capacidades disponibles para toda la sociedad.

¿Podría mencionar algunos ejemplos en los que investigaciones del IIM hayan contribuido especialmente a la mejora algún aspecto relacionado directamente con Galicia?

El IIM estuvo involucrado en estudios y acciones enfocadas a evaluar el impacto de las mayores catástrofes ambientales que han ocurrido en España, tales como el hundimiento del Prestige y el accidente de Aznalcóllar. En proyectos como CarboOcean, BOCATS o COMFORT investigadores del IIM han colaborado en establecer la capacidad de captación de CO2 de los océanos y cuánto ya han acumulado, mejorando nuestro conocimiento sobre el cambio climático, los puntos de inflexión de sus dinámicas o los efectos de la acidificación marina (por ejemplo, en corales de aguas frías profundas). También, a evaluar la contaminación por metales pesados o la presencia de elementos raros en las rías gallegas. Finalmente, ya que las costas gallegas presentan un ecosistema muy productivo, numerosos proyectos de investigación llevados a cabo en el instituto han ayudado a comprender mejor cómo funciona el sistema de corrientes marinas que lo sustenta, a entender las características del fitoplancton, incluyendo la generación de mareas rojas y a conocer cómo se distribuyen las larvas de peces y cefalópodos (como pulpos y calamares), así como la productividad de las poblaciones explotadas, como la merluza.

¿Y podría destacar algunas investigaciones en curso que consideren especialmente relevantes?

Hay proyectos que se enfocan en mejorar la experiencia de la comunidad pesquera para facilitar su transición a una pesca totalmente sostenible como SICAPTOR, que está desarrollando un sistema de inteligencia artificial (iObserver) para facilitar el trabajo de pescadores y pescadoras al clasificar automáticamente la pesca a bordo de los barcos; otros, como FishGenome, con los que se están comparando metodologías de secuenciación masiva en agua de mar para así poder conocer, de forma rápida y económica, el estado real de la biodiversidad y los recursos en una zona pesquera. En el campo de la alimentación, por otro lado, se están desarrollando alimentos a partir de descartes pesqueros. Así, por ejemplo, con SEAFOOD-AGE estamos desarrollando alternativas nutricionales que complementen la alimentación de la población más envejecida. También colaboramos desde hace más de 15 años con la industria acuícola y de cría de especies marinas. Así, caballitos de mar, pulpos o mejillones están en el centro de varios de nuestros proyectos que intentan mejorar la productividad y el crecimiento de las especies, predecir el impacto ambiental de la cría de esas especies (ClimeFish) o posibilitar esta cría en cautividad (Octomics). Hay también proyectos que se centran en optimizar la salud y el bienestar de los animales, lo que se traduce también en mejoras para la salud humana; de hecho, hace escasos días, el IIM contribuyó a mejorar nuestra compresión de la respuesta inmune ante la tuberculosis (Proyecto EMIT-TB).

¿Qué le diría a una persona que no considere una prioridad invertir en I+D+i?

Que estudiara más Historia, pues así sabría que el progreso siempre ha sido consecuencia del incremento en el conocimiento y, desde hace siglos, este incremento se fundamenta en la investigación científica, en aplicar el método científico. El enorme progreso del siglo XX en la práctica totalidad de los aspectos esenciales de la vida del ser humano son consecuencia de la investigación científica. Hoy buscamos desesperadamente una vacuna para la COVID-19 que permita salvar vidas, y limitar los daños sociales y económicos que la pandemia está causando. Esto solo se hace investigando, pero no con una investigación puntual, coyuntural, esa no funciona; sino con una estructura de investigación fuerte, sólida, donde la base de conocimiento es tan amplia que la posibilidad de encontrar una vacuna se incrementa. Esa estructura solo es posible si hay una inversión, pública y privada, constante, cuantiosa y prioritaria.

¿Y al personal de I+D+i que no considere relevante acercar sus investigaciones a la sociedad?

En general, creo que cada vez se da menos el caso, pues hay un compromiso creciente por parte de los investigadores con la difusión y la cultura científica al público general. Si tuviese que hacerlo, le diría que una de las responsabilidades de un investigador de un centro público, pagado con el dinero de todos, es no solo generar conocimiento en su ámbito transferible a la comunidad científica, sino también a la sociedad. La ciencia forma parte de la cultura y es un vehículo de transformación social. Una sociedad culta es una sociedad más libre y democrática, menos manipulable por las noticias falsas o mentiras, que ahora parecen inundarnos. Tenemos que defender y promover el método científico y el espíritu crítico, sobre todo en la gente joven. Cuanta más cultura científica tenga la ciudadanía, más consciente será de los retos a los que se enfrenta (ya sea una pandemia o el cambio global) y podrá tomar decisiones y modificar comportamientos, de forma individual o colectiva, que ayuden a afrontarlos. También podrá pedir a los gobernantes que implementen regulaciones que sirvan para solucionarlos o mitigar su impacto, pues son las demandas sociales las que finalmente actúan sobre la gobernanza.

¿Podría poner como ejemplo alguna situación en la que sus conocimientos científicos le hayan servido en su vida cotidiana?

Mi experiencia como científico (trabajo en el campo de los recursos marinos renovables) me ha enseñado la grandeza de los recursos que nuestro planeta posee y que nos permite desarrollarnos como sociedad. Pero la mayoría son recursos limitados que obligan a un consumo responsable, responsabilidad que intento trasladar a mis actos cotidianos. Tras décadas investigando y pidiendo mayor responsabilidad y compromiso a las clases gobernantes, he aprendido que quien tiene que aplicar primero dicha responsabilidad en el consumo de los recursos (energía, agua, alimentos) somos el conjunto de la sociedad, desde abajo. Por eso también es importante comunicar a la sociedad los resultados de nuestra investigación.